
Parece reglamentario comenzar cualquier texto sobre
"Drag me to Hell" (2009) recordando que supone el regreso de Sam Raimi a su género 'natal', el cine de terror, tras su incursión en el universo Spiderman; nueve años después de la floja "The Gift" y casi dos décadas después de completar su trilogía de "Evil Dead". Ayer volví a disfrutarla por primera vez desde que la vi en el cine hace casi tres años, esta vez en la tranquilidad del hogar; y si bien es verdad que se trata de una cinta concebida para la gran pantalla -en casa uno puede mirar hacia otro lado o darle al 'pause', pero en el cine...- disfruté como un niño pequeño cada minuto del carnaval. Porque "Drag me to Hell" no es otra cosa que un carnaval, una celebración, una fiesta de cumpleaños perfecta para cualquier aficionado a 'pasarlo mal': demonios, espiritismo, adivinos, litros de sangre, sombras malignas, ataques invisibles, maldiciones gitanas, vómitos, pesadillas, gusanos, un cementario, cadáveres hiperactivos, alucinaciones, sacrificios animales, cabras parlantes, ojos voladores... Raimi utiliza toda la artillería y no para de sacarse trucos de la chistera a cada minuto, mientras el abanico de 'sustos' no parece tener fin. Al final, uno no puede hacer otra cosa que aplaudir -exhausto- cada nuevo esfuerzo del equipo técnico y artístico por ponernos los vellos de punta, hacernos saltar del asiento, sentir asco o taparnos los ojos con la mano...
Hasta mañana.